jueves, 23 de octubre de 2014

Crítica: Cuando Despierta La Bestia

Desde tierras escandinavas (de Suecia para ser concretos), nos llegó hace seis años, una de las mejores películas de vampiros que se hayan rodado en la actualidad: “Déjame Entrar” (“Lat Den Rätte Komma In”, Tomas Alfredson, 2008). La película, basada en la novela homónima de John Ajvide Lindqvist, se convirtió en poco menos que en un clásico moderno del cine vampírico y su inevitable remake americano, por supuesto y como no podía ser de otra forma, no se hizo esperar: “Déjame Entrar” (“Let Me In”, Matt Reeves, 2010). 

Pues es nuevamente la madre tierra escandinava, quien nos acerca a otra de las figuras clásicas del folclore del terror: el licántropo u hombre lobo. No desde Suecia, sino desde Dinamarca, país de escasa tradición dentro del género (al menos a nivel de repercusión internacional) siendo posiblemente el “Anticristo” de Lars Von Trier, lo más exportable y notorio de la cinematografía danesa que haya salpicado al viejo continente y alrededores en lo que a horror se refiere, nos llega la ópera prima de Jonas Alexander Arnby, “When Animals Dream” (“Nar Dyrene Drommer”), cinta que se pudo ver en el reciente festival de Sitges y que ahora se estrena en nuestro país bajo el título de “Cuando Despierta la Bestia”. 

Cualquiera que sepa un poco de esto del mundo del cine, es consciente que después de comer, en horario de sobremesa, es con toda seguridad, la peor hora para sentarse delante de la gran o la pequeña pantalla, al menos, si nos interesa minimamente lo que estamos a punto de presenciar. Por ello, la exhibición de la película en dicha franja horaria, desde luego no fue la mejor de las ideas de la organización del festival, en especial teniendo en cuenta el hecho de que no estamos precisamente, ante lo que se dice una cinta trepidante. Y ojo, que ni mucho menos es esa la mayor de sus miserias.

Con dicho handicap mordiéndonos el tobillo a lo largo y ancho del sufrido visionado cual perro sarnoso que roe un hueso como si en ello, le fuera la vida, da comienzo “When Animals Dream” dejando constancia de su denominación de origen, pues si un denominador común suele tener el cine escandinavo, es su impecable factura técnica. En este sentido, no se le puede achacar absolutamente nada a la cinta de Arnby, la cual hace gala de una fotografía preciosista y una dirección sobria que nos sumergen en una experiencia cinematográfica intimista de constantes vitales dramáticas, que recuerda a horrores a la oda vampírica de Alfredson. 

Por desgracia y puestos en materia, la puesta en escena es el único nexo de unión entre ambos filmes. La liturgia licántropa que nos ocupa, como tal, es poco, muy poco más, que un mediocre y previsible relato plagado de tópicos del género que ni ofrece nada nuevo, ni destaca absolutamente en nada lloviendo sobre mojado. La típica historia de esa bestia interior que todos llevamos dentro y que en un momento u otro, termina emergiendo hasta la superficie. Fórmula básica, recurrente y mil veces explotada dentro del cine de terror que aquí, compaginada además, con un ritmo pausado hasta el extremo, da como resultado una experiencia soporífera, insípida y carente del menor interés (por no olvidar la constante mordedura del can, que cada vez saliva más). 

Es en la vertiente dramática de “When Animals Dream” donde deberíamos ir a buscar sus mejores galas y caricias más agradecidas. Si entendemos la obra como una denuncia a la exclusión social, a los taboos de una sociedad que por regla, suele girar la cara y retirar la mano a todo aquello que es diferente o que se sale de la anquilosada “normalidad” que gentilmente nos ofrece, nuestro estimado estado de bienestar o también como una fábula macabra de la eclosión del ser, de esa transición siempre complicada de niña a mujer, el capullo de una rosa que se abre y en este caso, una plagada de espinas, podemos llegar a conectar con la propuesta, pues es en la conjunción de dichos fenómenos, donde la película clava sus cimientos y realmente, muestra su solidez. 

Por desgracia, los que hayan venido a hablar de su libro, es decir, a ver una película de terror al uso, de hombres lobo para ser más exactos, van a sufrir de lo lindo aquí con la nana del amigo Arnby, que desde luego, tiene un trago y de los amargos, teniendo en su nulo mimo hacia el género y hacia sus seguidores, el mayor de sus pecados. Y la penitencia la pagamos nosotros. Intentando atender al mismo sermón de todos los domingos en la parroquia, con el hombre de dios de turno vomitando las mismas sandeces para ovejas medievales mientras estas asienten y repiten como los borregos que son. Nosotros igual. Tragamos con los tópicos y los clichés que aquellos que no tienen nada que ofrecer, hacen suyos y utilizan como herramientas con las cuales trabajar las tierras de las que se alimentan aquellos que claudican con el mismo pan de cada día. 

La falta de mimo o de licencias para con el aficionado asiduo al terror, queda también muy reflejada en la poca fuerza visual del filme, rácano en violencia y tímido o directamente frígido, a la hora de enseñarnos en todo su explendor, la obra del señor, en este caso, la de la criatura lobezna que encarna una solvente Sonia Suhl (creíble en todo momento su repentina perdida de la inocencia) y que se obvia en gran parte de las secuencias, donde las muertes son perpetuadas fuera de plano cual escupitajo en la mano de aquel que te da de comer. La poquita pierna que enseña, lo hace sin gracia y a desgana. Lo cual, deserotiza a cualquiera. 

En conclusión, una propuesta que funciona mucho mejor como denuncia social que como filme de terror al uso, donde fracasa rotundamente ofreciendo una historia de nula originalidad y sin ningún tipo de capacidad ni para sorprender ni para mantener el interés del espectador. Lenta, fría, impersonal y a todas luces, lo peor que servidor se trajo del festival, además de un señor constipado, pero de eso, para ser justos, habría que culpar al jacuzzi del hotel. 

Lo mejor: Su excelente factura técnica, en especial, la deliciosa fotografía. 

Lo peor: El guión no ofrece absolutamente nada nuevo y el ritmo lento, que si bien en otras propuestas escandinavas de género ha funcionado, aquí es una losa insalvable. Por no hablar de su total ausencia de casquería.


miércoles, 22 de octubre de 2014

Crítica: Alleluia

Halleluyah, Aleluya, Hallelujah, Alleluia, no importa cómo lo escribas, la pronunciación es la misma y el significado también: es la palabra que se utiliza para alabar a dios creador. Nuestra "Alluluia" también es un cántico, una forma de alabar al dios en el que cada uno cree, el dios que cada uno crea y una forma de llamar a la locura, que por mucha felicidad que traiga, no deja de ser locura. "Alleluia" es la celebración del feismo y la ceguera del amor. 

Fabrice Du Welz nos vuelve a llevar a Ardenne para seguir con las historias granuladas, que comenzó con la enfermiza "Calvaire", en la segunda parte de la trilogía pensada por el director para explorar el terror rural y las bondades de una atmósfera opresiva y claustrofóbica. Esta vez, nos habla de la obsesión, de los celos, del amor y como no, de la locura, otra vez desde la mirada enfermiza que fija él como nadie. Fabrice Du Welz vuelve a explorar las relaciones humanas de una forma extrema, tomando como punto de partida la verídica historia de los asesinos de la luna de miel, Raymond Fernández y Martha Beck, quienes se conocieron en una agencia matrimonial y se dedicaron durante un periodo de tres años (desde 1947 a 1951), a engañar, seducir y asesinar a solteronas adineradas, a las que Ray engatusaba para ganarse su confianza y Martha terminaba matando. 

"Alleluia" nos lleva por esos amplios y bastos caminos de la obsesión, los de Gloria, una trabajadora de la morgue, separada y con una hija, que se deja llevar en un arranque de soledad, por las páginas de citas de internet, para tener una velada romántica con un señor llamado Michel que, desde el principio parece interesantísimo. Este encuentro, lejos de quedarse en anecdótico, marca el inicio de una espiral de locura, amor y sexo malsano que arrastrará a Gloria y Michel hasta un pozo del que no podrán salir. 

Dividida en cuatro actos, "Alleluia" es la incomodidad hecha película, no sólo por lo que se nos cuenta, sino por cómo se nos cuenta, y es en esa habilidad que tiene este director para transportarnos a esa región francesa que le obsesiona, la que hace de esta película otra obra maestra para tener en cuenta cada vez que se mire al país vecino, y no solo hablo de esa imagen fea, degrada y llena de arena que llena cada plano, sino los enfoques, los silencios después de cada grito y sobre todo la credibilidad absoluta que le da a situaciones totalmente caóticas y retorcidas. 

GLORIA 

Entramos en terrenos pantanosos de manos de Lola Dueñas, quien desde el momento en que vi "Alleluia" se convirtió para siempre en Gloria, una enfermera que siente la soledad muy dentro de sus huesos, y que es capaz de rompérselos para estar siempre acompañada, una vez que encuentra a Michel (un maravilloso Laurent Lucas, ya presentado en "Calvaire"). Lo que Gloria relata es un cuento de amor enfermo, obsesivo, atroz, doloroso y totalmente dependiente en el que ella, simplemente lucha por su otra mitad, protege su relación y se vuelve loca a cada segundo. La actuación de Lola Dueñas, es de una fuerza tan brutal, que es imposible no meterla dentro de tu piel para sentir la incomodidad de un amor tan desesperado y desesperante. 

MARGUERITE 

Con el segundo acto, titulado como el nombre de la desencadenante de la la espiral de violencia, Marguerite, empezamos a conocer la verdadera naturaleza de los protagonistas, y se empiezan a desvelar las historias que discurren paralelas a la vida de los amantes. Marguerite será la primera mujer seducida por Michel, con quien se casa y con quien convive junto a su "hermana" Gloria. Es fácil entender cómo terminará la combinación celos, desesperación y enajenación en un marco de perturbación en cada esquina. Destaca la presencia de Edith Le Merdy, a quien ya conocimos como Lara en el desconcertante y también enfermizo primer corto, en 1999, de este gran director que es Du Welz: " Quand on est amoreux c´est merveilleus". 

GABRIELLA 

La historia, como toda buena historia, engancha desde el principio y va en linea ascendente en cada una de sus partes, con un desarrollo que no decae gracias a un guión muy bien pensado, y sin grandes artificios, pero al que se ha sacado un gran partido a través de unos personajes absolutamente maravillosos y dignos de inclusión inmediata en el olimpo de los grandes, una cámara que se mueve cómoda por los lugares más oscuros de la mente y de Ardenne, y una banda sonora excepcionalmente escogida, que es decisiva en cada toma. 

Gabriella nos muestra la naturaleza del ser humano al servicio del deseo, y como consecuencia, Fabrice Du Welz sigue tambaleando a su protagonista entre paredes desconchadas y luces ocres, donde parece que el tiempo se ha detenido, para sacudir al espectador con cada susurro de Michel, y cada palabra rota de Gloria. 

SOLANGE 

Toda historia intensa, tiene que tener un final intenso, y para ello, Fabrice Du Welz, reserva a Solange, la mujer que destruye y rehace a Gloria, la mujer que destruye y rehace a Michel y la mujer que finalmente contempla su propia destrucción. Es el final la puesta en pie definitiva de una historia que habla de temas universales, pero desde un punto de vista muy particular. Gloria- Lola Dueñas, se hace dueña de la pantalla y provoca el aplauso en cada paso, en cada grito, en cada orden, en cada lágrima. Todo un homenaje al buen cine, donde pocas pegas se le pueden sacar (en mi caso, ninguna). 

"Alleluia" es una película apabullante, que discurre por diferentes estadios del cine: lo hace por el drama, el terror, el humor negro, e incluso se atreve con el musical, combinandolo todo en una experiencia que deja con la boca abierta al espectador. Para mi "Alleluia" es la ganadora del Festival de Sitges, y sin lugar a dudas, Lola Dueñas debería haber sido la ganadora a mejor actriz, sin discusión alguna. 

Ojalá pudiéramos ver más películas como esta en pantalla grande. He aquí mi dios.


Crítica: Cub (Welp)

La primera película de terror producida en Flandes, hecha gracias a ese nuevo tipo de financiación que es el crowdfunding, es un slasher en toda regla, al que no se pueden aplicar todas las reglas del subgénero porque se desarrolla principalmente en un campamento de niños de doce años. Como lo oyen/leen. 

Un grupete de esos jóvenes scouts se dispone a pasar un finde en pleno monte con sus monitores y un torpe poli alejados lo más de tecnologías, playstations y candy crash sagas posibles. Pero, ay, el lugar que eligen para esa comunión con la naturaleza, para aprender los diecisietemil tipos diferentes de nudos y cómo evitar el olor de los mapaches en celo, no es tan solitario como podría parecer en un primer momento, y aislado, sí, pero precisamente por ello, se convierte en el lugar ideal para una matanza sin que nadie pueda oir los gritos de los que van a ir cayendo como moscas. El director, Jonas Govaerts, se estrena en esto del largo en lo que puede pasar por una entretenidísima mezcla entre los Goonies y Viernes 13 que, oigan, le queda más que decente, entretiene, asusta y tiene sus buenísimas dosis de sangre, violencia y muertes sádicas y macabras. Y es que en esto del terror, la edad no cuenta demasiado. 

En plena excursión, Sam, el protagonista interpretado por Maurice Luijten, un prodigio absoluto, (al que el director eligió tras verlo en un video musical, y que muestra un talento interpretativo capaz de sorprender a cualquiera y ver que va a ser una futura y muy grande estrella a este paso), que es un niño con una imaginación desbordada, descubre el escondite de un niño criado salvaje, en medio del bosque. Cuando lo cuenta a los demás nadie le cree y lo toman por un cuento de campamento. Craso error. El niño es el pequeño ayudante de un siniestro, salvaje y despiadado asesino en serie, protagonista de una leyenda en la que el niño salvaje vaga por el bosque, pero la leyenda, que no es tal, no tarda mucho en mostrarse como una realidad. Lo que no saben los invasores forestales es que este niño salvaje de leyenda es ahora la menor de sus preocupaciones. El joven y feroz director (títulos ganados a pulso con la cinta) acomete su primer largo como una bestia se prepara para atrapar a su presa, dejándonos absolutamente boquiabiertos con la imaginería rústica que se marca para hacer de cada muerte un verdadero espectáculo, diferente, imaginativo y muy, muy sádico, con algunas de las trampas mortales más retorcidas innovadoras que este fanático del terror ha visto en años. 

El título de la peli le viene al pelo, un Cub, en el mundo osuno es un cachorro de oso, en este caso, el cachorro que da sus primeros pasos como depredador y cineasta. 

Su debut en el cine no muestra la juventud como un handicap a vencer desde la perspectiva de la producción, ni da en absoluto la impresión de que ésta sea la primera vez que él y Mondelaers (co responsible del estupendo guión) trabajan juntos. 

La cinta se beneficia de un maravilloso compendio de referentes cinéfilos y cinematográficos, tomando notas de autores de la talla de John Carpenter y Dario Argento e incluso Steven Spielberg pero también se ve nítida y claramente como una cinta autoral, estéticamente propia y distinta. Esto demuestra que Govaerts ha aprendido de algunos de los mejores a la hora de crear y recrear el terror, el horror en estado puro en la gran pantalla, con el dominio de todos los trucos necesarios del negocio desde el principio de su primera peli. 

Los límites en Cub se rompen sin miedo, sin vergüenza, la inocencia infantil se pierde y diluye, y el resultado podría resultar chocante, pero está tan, tan bien hecho, que uno sólo puede tener palabras positivas ante tal decisión. 

En la Midnight Madness del Toronto International Film Fest, Govaerts advirtió a los amantes de los animales que lo que iban a ver podría dañar sus sensibilidades (por lo que ocurre con un perro en la película, mientras se declaraba un amante de los gatos... Toma friki), lo cual no deja de ser una maravillosa forma de mostrarnos cómo el cine de terror todo lo cambia... Es más fácil desatar y atacar susceptibilidades por un perro que por lo que les va a suceder a niños de doce años en pantalla. 

Como he dicho antes, otro de los méritos de Cub es que no puede jugar con esas reglas no escritas del slasher (la palabra ya viene acompañada de destetes, sexo en cabañas, porros y maldiciones), al utilizar como elenco a actores infantiles. Esto podría haber sido una receta para un verdadero desastre, pero el director lo sortea de manera magnífica. 

En la cinta, beneficiada por un puntillista guión, no se descuida en absoluto la construcción de personajes, más bien al revés, casi se puede considerar un estudio de personajes y Luijten muestra para nuestra sorpresa aristas y facetas espectaculares en la evolución de la trama, haciendo la progresión de su personaje del todo creíble. 

Govaerts, casi sin quererlo, establece un nuevo estándar para las nuevas películas de terror de hoy en día con Cub. Es una película que bordea efectivamente los límites de lo imprescindible para obtener una reacción de sorpresón en los espectadores, pero alejándose inteligentemente de lo que podría calificarse como un insulto imperdonable (algunos detalles horribles, espeluznantes, sólo se insinúan, pero hábilmente manteniendo la cámara fuera de plano). 

Pues eso, una apuesta inteligente, atrozmente divertida, con humor negro, negrísimo, a espuertas, que revitaliza un subgénero que se ha ido convirtiendo en lugar campal para típicos maníacos que se cepillan a adolescentes idiotas, borrachos o drogados y más calientes que el pico de una plancha. Es cierto que aparte de en este apartado, la cinta innova poco más, y puede incluso oler a deja vu cansino por momentos, pero en ningún momento deja de atrapar nuestra atención y ofrece todo y más de lo que se puede exigir a una ópera prima de terror. 

Destacable es la banda sonora, minimizada en beneficio de la imagen, y la fotografía, magnífica, preciosista y muy, muy interesante. 

Lo mejor: Su protagonista, espectacular. Las muertes más macabras.

Lo peor: Algunos clichés, para nada molestos.

Lo que se logra aquí, desde luego, no parece la obra de un cachorro ...


lunes, 20 de octubre de 2014

Crítica: The Guest

El director Adam Wingard es ya un viejo conocido para los fans del terror. Suyas son las participaciones en las no en vano bastante populares y corales V/H/S/2 (2013), The ABCs of Death (2012), V/H/S (2012), y las propias Autoerotic (2011), A Horrible Way to Die (2010), Enfermizo (Home Sick) (2007), Pop Skull (2007) y la fabulosa y hasta ahora su mejor film en mi opinión, Tú eres el siguiente (2011). 

Pues bien, alejándose un poco de lo que ha venido haciendo hasta ahora, el terror puro y duro, llega a Sitges con un peliculón bajo el brazo, esta “The Guest”, que fluye por los caudales del thriller sesudo y la acción salvaje y más brutal con referentes y homenajes a muchos de los grandes (John Carpenter, Wes Craven, incluso Argento, sin ir más lejos). 

La familia Peterson sufre el duro fallecimiento de su hijo Caleb en una misión en Afganistán. Pocos días después aparece en la casa de la familia un tal David, de acento americano suave, buenas maneras y muy buena educación para presentar sus respetos, (tremendo Dan Stevens, el Matthew Crawley de Downton Abbey), que afirma ser un amigo de Caleb y es todo encanto y simpatía, con lo que se mete en el bolsillo a la familia, que deciden invitarle para que pase unos días con ellos en casa. Poco a poco se los va ganando a todos, primero a la madre (Sheila), y después al resto, Lucas (Meyer), Anna (Monroe), el padre (Orser) y Kristen (Shaun). 

Pero como era de esperar, las cosas no son lo que parecen, y pronto empiezan a suceder una serie de muertes en la comunidad y parece ser que son cosa de David, que va a ser que no es quien parece ser. Así, gradualmente, se va haciendo demasiado evidente que ese nuevo visitante podría no ser quien dice ser, y su comportamiento se vuelve cada vez más errático. 

De hecho ese soldado educado, de modales suaves, que se dirige a todo el mundo como "señor" y "señora" con una sonrisa perfecta, definitivamente parece estar ocultando algo, y una llamada telefónica a la base militar de la que David asegura que fue dado de alta, da como resultado un sorprendente hallazgo que puede poner a toda la familia Peterson en peligro... Y aún así nos cuesta odiarle!!!!! 

¿Qué esqueletos tiene David en su armario y de dónde ha salido?

El director entonces, con este sencillísimo planteamiento, aprovecha para, en un estilo muy propio de los grandes thrillers de los ochenta y noventa, sembrar el caos y el terror en el seno de la tradicional familia haciendo un análisis de la violencia francamente estupendo. 

Ni que decir tiene que gran parte del hecho de que la peli funcione como lo hace (rozando la maestría), recae sobre Dan Stevens, un tiazo con ramalazo de chungo que no se quita el halo de misterio hasta bien avanzada la trama y que hace de su personaje uno de esos hitos que van marcando el cine de género a base de buenas interpretaciones y mejores construcciones del personaje. Un personaje hipnótico, malicioso, imprescindible, que resulta convincente, tanto en la empatía como en la brutalidad despiadada, dejando siempre un lugar para el humor salvaje. 

El guión, del director y Simon Barret, no hace aguas en ningún momento, y todas y cada una de las piezas acaban encajando en un puzzle quizás demasiado extraño para el gran público, pero desde luego una magnífica obra para fans y asíduos al terror y la intriga. 

No es “Tu eres el siguiente”, aquella joya que gustó, encantó a público y crítica, ahondando en las miserias de una familia y dentro de mi propio subgénero “mascaritas”, una de las mejores, pero es que tampoco pretende serlo. Y sin embargo sí que hay muchos enfoques en esta “The Guest”, que aunque a mí me parece un pelín inferior, que comparte con aquella, más allá de la estética y los referentes familiares. Son en cierto modo películas que se complementan, en la búsqueda de una nueva manera de hacer cine y resaltar las grandes obras de una generación escalofriantemente maravillosa. 

Difícilmente se convertirá en el bombazo que fué aquella, pero desde luego, la labor de Wingard es del todo impecable, planteando una historia nada compleja en apariencia y que se va desarrollando de forma sorprendente hasta llegar a uno de los mejores finales que recuerdo en los últimos tiempos. Así, lo que en apariencia no era más que un mero thriller de suspense acaba, sin duda, convirtiéndose en mucho más que eso. 

Cargada de humor insano, exageraciones e hipérboles contínuas, la cinta destaca en todos sus aspectos, empezando por el guión y la dirección ya comentados, brillantes. Como destaca la mayoría del reparto, a la sombra del magnífico trabajo de Dan Stevens, que pasa de la humanidad a lo inhumano en medio segundo dejándonos a todos con la boca abierta. A destacar también Maika Monroe, en un rollo muy Brittany Murphy (en paz descanse). 

Estéticamente la peli es una joya, con una ambientación retro rural ochentera que se huele y se saborea en cada plano, a lo que sin duda contribuye, y mucho el uso de la fabulosa y sorprendente banda sonora, puramente para nostálgicos de la década. 

Con no demasiados medios, pero una factura impecable, merece la pena-y mucho-enfrentarse a la cinta sin saber demasiado de ella, porque es de aquellas que se disfrutan como pocas desde la ignorancia. 

Desde ese comienzo en plena carretera abandonada, vacía con el protagonista corriendo, hasta el final, en el que ya estamos inmersos en otra época, pasando por la acción y la violencia desenfrenada, por los toques de gore deluxe, la peli, absolutamente visceral e incluso emocionante, es de visionado obligatorio y difícilmente decepcionará a nadie. 

Yo, la verdad, la he visto con muchas, muchas ganas y expectativas, y eso suele jugar en contra muchas veces. Me esperaba una cinta convencional tras ver el tráiler, pero mi sorpresa, en serio, no ha podido ser mayor. 

El director además no nos lo da todo masticado, nos permite usar nuestra imaginación, sacar nuestras propias conclusiones, en un inteligente y atroz batiburrillo de exposición, narración y desarrollo que demuestra el respeto al espectador, en una decisión audaz, que sin embargo puede dejar a alguno con preguntas sin respuesta. (Spóiler al final).

Muy al estilo “Stoker”, se ha comparado bastante con “Drive”, en especial por su banda sonora, (y quizás un cierto parecido de Stevens con Ryan Gosling) pero sin duda, “The Guest” es con diferencia la mejor de ellas. Porque si bien la historia no es en exceso compleja, ni nada del otro mundo, la peli funciona en muchos niveles que en el género no suelen funcionar, y consigue mantener la atención del público, que empezará convencido de ver un thriller hasta que el director da el puñetazo en la mesa y nos deja a todos boquiabiertos y ojipláticos. 

Un tercer acto con sexo, desnudos, violencia, palabrotazos, drogas y hasta velado cambio de sexo, que es una auténtica locura, y que toma todo lo que sabemos acerca de la acción, el horror, y el suspense, y los bate a ritmo rápido en una mezcla sabrosa y convincente. ¡Dios nos valga! Un pedazo de obra maestra. 

Lo mejor: El director maneja hábilmente el dramático cambio en el tono, asegurándose de que su narrativa se mantiene siempre un paso o dos por delante de la audiencia. Wingard, pide a gritos que no le encasillemos... Este directorazo aún tiene mucho, segurísimo, por enseñarnos. 

Lo peor: Algún tópico americano que no molesta. Se hace corta! Sin duda, una futura película de culto. 

Mini spóiler: ¿Por qué elige a los Peterson?


domingo, 19 de octubre de 2014

Crítica: El Día Trajo la Oscuridad

Sinceramente, si de mi dependiera, no se rodaría ni una sola película más de vampiros. Y no se haría porque pienso que la figura del chupasangre, ya ha sido lo suficientemente desvirtuada a lo largo de la historia del cine de terror, muy en especial, en estos actuales tiempos oscuros en los que vivimos, donde tan ancestral criatura de la noche, antaño respetada y temida, se ha prostituido por delante y por detrás, acercándola incluso en un extremismo de la más absoluta degeneración, al mundo de los adolescentes. Basta ya. Salvemos la poca dignidad que le queda al vampiro si es que aún, estamos a tiempo. 

Con esta idea entre ceja y ceja y con estaca de madera de roble en la entrepierna, por si acaso, me acerco a tardías horas de la noche al cine Prado de tan maravilloso escenario para una película romántica de vampiros como es la costera Sitges, para hincarle el diente a nueva cinta del argentino Martín de Salvo (segunda en su filmografía tras la reconocida por la crítica, “Las Mantenidas sin Sueño”, la cual co-dirigió junto a Vera Fogwill y de eso, ya hace nueve años), quien muy amablemente y junto a su familia, nos presenta “El Día Trajo la Oscuridad”, cinta de terror protagonizada (entre otros) por Mora Recalde, su esposa. Encantadores todos ellos. 

De entrada aclarar, pese a posteriores consideraciones, que “El Día trajo la Oscuridad”, por suerte, no entraría dentro de esa abominable y cuasi interminable lista de películas de vampiros irrespetuosa y sonrojante que atentan directamente a la dignidad del no-muerto, de hecho, hay que reconocer el loable esfuerzo por parte del cineasta argentino de intentar alejar su obra de todos los tópicos modernos del subgénero vampirico, gestando un título que poco tiene en común con los cánones de belleza actuales que se estilan en la pachanga hemoglobínica del siglo XXI y que tiene mucho más que ver con la forma de hacer de épocas más lustrosas y bastante mejor consideradas (no sin razón) como son las de las décadas de los setenta y los ochenta, fructíferas tanto en cantidad como en calidad, en lo que a criaturas de la noche se refiere. 

“El DíaTrajo la Oscuridad” nos propone un viaje psicotrónico al terror más psicológico, a esa zona fronteriza donde géneros cercanos, pero dispares, como el terror, el thriller o el drama, danzan desnudos, cogidos de la mano, alrededor de una hoguera bajo la intensa luminosidad de la luna, como hicieran tiempo ha, ancestrales brujas en la mágica montaña de Montserrat, un lugar no tan lejano de donde se proyectaba la película. En el ojo de dicho aquelarre de desenfreno y alucinójenas pasiones, la cinta de Martín de Salvo es donde existe y es donde se siente cómoda. Jugando al despiste y sacándole todo el partido a los bellos y recónditos parajes rurales donde se desarrolla la acción, nos invita a acompañarle a él y a sus dos musas, Mora Recalde y Romina Paula (ambas fantásticas por estremecedoramente cercanas, por cierto), a este curioso acercamiento al folclore vampírico.

Haciendo suyos los silencios, alejado de cualquier tipo de pomposidad o efectismo visual y manejando con habilidad el arte de la ambigüedad, “El Día Trajo la Oscuridad” se las ingenia para sin necesidad de dar excesivas pistas sobre lo que estamos viendo, construir una atmósfera densa y opresiva, que viste de terror un relato que hasta el momento, parece ajeno al género. Donde los personajes, opacos como en pocas ocasiones, parecen guardarse un as en la manga que sacar cuando más alta esté la marea, o cuando la noche, tan sutilmente, pero con certeza anunciada, se cierna sobre la trama. 

“El Día Trajo la Oscuridad”, no está exenta de elegancia. Las formas son preciosistas y refinadas, los parajes, funcionan como un tercero en discordia frente al timón de la historia, hipnóticos durante el día, misteriosos e inhóspitos al caer la noche. Por ende, estamos hablando de una atmósfera tremendamente efectiva y que por si sola, es capaz de sumergir y al tiempo, sugestionar al espectador. Un escenario ideal para contar una no-historia sobre no-muertos... por desgracia, y esta vez si, el guión se convierte en afilada punta de estaca (mucho más que la de mi entrepierna) con la cual dar fin a una vida muerta de eternidad.

La ambigüedad, que tan bien funciona en la primera mitad de metraje, se convierte en arma de doble filo pasado ese punto, en una cortina que intenta disimular la incapacidad por dar forma a una historia minimamente coherente, en la cual terminan por dejarse en el tintero demasiados datos cruciales de la historia como para que el espectador, pueda entender lo que está ocurriendo y sobretodo, las imposibles reacciones de unos personajes que si hasta el momento de correr la cortina, habían brillado por su cercanía y mundanidad, se desfiguran para desmoronarse junto al críptico guión. Su tramo final, un galimatias demencial que pone fin al relato de la peor de las maneras, con la consiguiente cara de tonto del respetable. 

El ritmo lento, exasperante incluso, del que hace gala el filme y que en otras circunstancias, habría sido del agrado del que suscribe, tampoco ayuda en exceso a digerir una obra tan grumosa y divagante como esta, pues el espectador llega demasiado quemado (por no decir aburrido) al tramo donde deben comenzar a venderse las castañas y encima, la caprichosa anciana, no tiene la caseta abierta y nos quedamos ahí plantados, muertos de frío y sin nada caliente que llevarnos a la boca. 

“El Día Trajo la Oscuridad” es por tanto, un meritorio intento de hacer cine de vampiros fuera del “circuito comercial”, lo cual no es fácil, pero, que por desgracia, naufraga por culpa de un guión incoherente (absurdo incluso en ocasiones) y por una narrativa tan espesa y coagulada, que dificilmente se consigue digerir. Una combinación, la de estos dos lastres, que terminan por mermar en exceso el conjunto y de sepultar, las virtudes de la cinta, que las tiene. De todas formas, prefiero mil veces, dormirme y frustrarme con una propuesta arriesgada como ésta, que pasar vergüenza ajena con los tópicos vampíricos y sus miserias de diseño. 

Lo mejor: La gran química entre el dúo femenino protagonista (ole la tensión sexual), la estupenda recreación de atmósferas y lo bien que funciona su ambigüedad en la primera mitad de filme. 

Lo peor: Se hace aburrida, no por lenta, por divagante. Y el guión, sobretodo en su tramo final, un sinsentido que ni mucho menos, cubre las expectativas generadas previamente.


sábado, 18 de octubre de 2014

Crítica: Aux Yeux Des Vivants

Caminar entre los vivos es, en ocasiones, una ardua tarea, porque a veces estar vivos es la peor muerte. Caminar entre los vivos es la marioneta que se deja manejar por la muerte, pues es la muerte lo que nos hermana a todos, aquello hacia lo que nos dirigimos, y con cuerdas cosidas a las manos o sin ellas, nuestro destino es la única verdad y nuestro objetivo, haber caminado con buen paso entre estos vivos. 

Alexandre Bustillo y Julien Maury, quienes han caminado a zancadas entre los vivos, se convirtieron en semidioses en 2007, con aquella obra maestra titulada "A l ´interieur". Ellos conocen el brillo de las estrellas y sufren con ese conocimiento, pues el estigma de haber debutado con una de las mejores películas de terror que se hayan rodado jamás, sangra cada vez que ruedan una nueva cinta, y el público, que siempre demanda una nueva genialidad, es el encargado de abrir las heridas cada vez que degusta una nueva fechoría del brutal dúo francés. 

Dicen que el que avisa no es traidor, y tanto Maury como Bustillo ya avisaron, en la presentación de "Aux Yeux des Vivants", en el festival de Sitges, que esta no era una nueva "A l´interieur", y que tampoco tenía nada que ver con "Livide". Esto era otra cosa: un homenaje al cine de los ochenta que tanto les había influenciado. Con estas obvias declaraciones (¿en serio alguien espera que se vuelva a obrar de nuevo el milagro de "A L´interieur"?), el margen de duda sólo quedaba para el término homenaje, ya que el cine ochentero es muy basto, y los homenajes se prestan a muchas interpretaciones. 

"Aux yeux des vivants", ha dado, a los ojos de los vivos, una vuelta de carrusel al cine de pandillas juveniles de aventuras, convirtiendo lo que, en inicio, es una experiencia para rememorar la infancia, en un survival con momentos realmente sobrecogedores. Todo ello presentado, con un prólogo marca de la casa, que hace salivar hasta al más descreído con el dúo francés, pues el comienzo es potente y nos transporta de nuevo al epicentro de esa oleada grandiosa del cine extremo galo.

Para hacer los honores de la esperada nueva película de Bustillo y Maury, nadie mejor que su musa, la gran, en todos los aspectos, Beatrice Dalle, quien en claro homenaje a la película que la convirtió en la asesina más sanguinaria y odiada del universo del terror, vuelve a coger un cuchillo, para hacer lo que mejor sabe hacer, acuchillar barriguitas , volver a ser odiosa y dejar huella. Beatrice, sin quererlo, nos presenta a Klarence, la estrella de la función. 

La historia nos lleva de nuevo a parajes franceses para que, de manos de unos chavalines, nos adentremos en ese mundo que separa la fina línea del slasher y el survival, y que volvamos a temer a un asesino despiadado oculto tras una máscara. Nuestros goonies, lejos de ser angelitos, son chicos con una carga traumática importante, que no distinguen muy bien el juego de la realidad, y que se ven inmersos, por la casualidad que reina en todas las desgracias, en el cruel mundo de unos adultos con menos cabeza que los infantes. 

El cine de los ochenta está aquí de nuevo, y no sólo en forma de pandilla, sino en forma de asesino, en forma de monstruo, en forma de pesadilla, en forma de experimento, y hasta en forma de paisaje. Con ese cine, vivimos, esta vez entre los vivos, cómo se suceden las muertes de un asesino dirigido y letal, vivimos la tensión de la espera de la muerte, y vivimos la reacción que diferencia la continuación de la parada. Vivimos y esperamos que Klarence no de caza a los niños, que Klarence no de caza a sus familias, esperamos que Klarence, finalmente pueda ser lo que realmente es. 

No hay que perder de vista, que estamos ante una propuesta de Bustillo y Maury, por lo que, sin saber en qué dosis, la brutalidad está siempre asegurada, y yo os aseguro que la hay, que Klarence es capaz de matar de las formas más monstruosas posibles, por eso, es desconcertante que la mayoría de las muertes están intencionadamente fuera de plano. Entiendo que los directores eligiesen esta forma de mostrar la evolución de la historia para coger impulso y soltar la adrenalina cuando hace lo que realmente saben hacer, que es mostrar la carne, los huesos y la sangre, sin importar cómo ni a quién. Tengo claro que las diferentes muertes no vistas, son un recurso cinematográfico para enfatizar las sí vistas, pero en determinados momentos de la película, donde ya se pedía que se pusiera toda la carne en el asador, y no se hizo, el resultado fue un tanto irritante. 

Como mencionaba antes, "Aux yeus des vivants", es un survival de la cabeza a los pies, y como tal funciona excepcionalmente bien, sobre todo en su parte final, que es donde Francia se vuelve de noche oscura y arrasa con todo. Anteriormente, cuando el día brilla, varios fallos de guión y las ganas locas de que anochezca, porque, siendo perdonables todos estos fallos, el disfrute es máximo y los dientes rechinan como nos gusta que lo hagan, cuando la carne se muestra desnuda ante cualquier objeto punzante, o mejor aún, ante la fuerza desmedida de alguien que juega a lo que le mandan que juegue y eso se hace esperar un poco. 

Sobra decir que los efectos especiales son excepcionales y que las interpretaciones te mantienen en vilo. No señores, no estamos ante una nueva "A L´interieur", esa película ya está rodada y debe ser única, estamos ante algo diferente pero con sello identificativo. "Aux yeux des vivants" es lo que intenta vivir sin ser visto, adaptándose a esa clandestinidad, caminando entre los vivos.


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